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Una historia feliz

agosto 9, 2013

 

Están las cosas tan feas, tan tristes, tan grises -de un gris amarronado color caquita- que creo yo que lo mejor que uno se puede hacer a uno mismo y a los demás es contar las cosas bonitas y alegres y coloridas que pasan. Así que cuento.

Resulta que ayer, cuando la tarde ya estaba virando a nochecita, una amiguita muy amiguita mía llegó a su casa más que cansada, reventada, porque las cosas se le han puesto tan difíciles que hasta sin coche se ha quedado la pobre y lleva unos días haciendo kilómetros con unas piernas a las que nunca se les dio bien caminar. Entró en su casa y el cuerpo se le fue derechito al sofá y las piernecitas a la mesa de centro de su sala, y con las últimas fuerzas que le quedaban estiró un brazo y cogió el mando del televisor para ver las noticias. Pero las noticias que ve en el único canal que le gusta verlas ya iban por los deportes, así que empezó a pasar canales. Y de uno de esos canales salió un acorde, un acorde de una música que llegaba de repente de muy lejos, de muchisísimos años atrás.

El mando se le cayó de las manos. Los ojos se le llenaron de lágrimas y los labios se le estiraron a más no dar en una sonrisa más ancha que la de la bocota de un payaso. “No puede ser”, se decía. “No puede ser” se repitió muchas veces. Pero sí, era.

Érase una vez que ella tenía unos veinte años  y el amor era romántico y eterno y eternamente romántico y pintado con todos los colores que uno quisiera pintarlo. Y el mundo era bellísimo porque estaba lleno de cosas bellísimas que estaban ahí esperando que uno las descubriera. Y el mundo también era justo porque todo lo bueno era posible  y había mucha gente buena y justa haciendo las cosas que se tenían que hacer para que todo fuera más justo y mejor. Y el mundo era un tesoro de felicidad al alcance de cualquiera  porque bastaba un ratito en un cine para que la música y los colores y una historia hermosa entraran en el alma dándole toda la felicidad del mundo.

Y he aquí que mi amiguita, cuarenta y cinco años después de aquella vez maravillosa, volvía a sentir que el alma se le llenaba con la misma emoción oyendo aquella música y recorriendo los lugares tan bonitos que veía y viviendo aquel amor de luna y estrellas y canciones que decían cosas bellísimas, y mar y miradas de esas que hacen que no haga falta decir nada porque todo se entiende, y muchisísimas cosas así.  

Total, que si cuarenta y cinco años atrás a mi amiguita se le habían salido las lágrimas de la emoción en el cine, anoche empezó a llorar a moco tendido sonriendo a más no dar, y cuando se vio y se oyó sonándose la nariz a lo trompeta en un pañuelo -mío, por cierto, con P de Pepova- empezó a reírse de su llanto y de su risa, pero sin dejar de mirar y escuchar lo que estaba viendo y oyendo. Y así, entre risas y sonrisas y lloros sonoros, la película llegó al colorín colorado.

Mi amiguita, con la narizota roja y los ojos brillantes, se levantó del sofá y se fue a la cocina a prepararse algo de cena. Pero tenía el alma en otra parte, en el lugar ese más nuestro, más escondidito que tenemos todos, donde nos preguntamos y nos contestamos nuestras cositas y sentimos unas emociones que no sabríamos contar.

Allí mi amiguita entendió por qué había sonreído y llorado tanto, por qué había sentido esa emoción tan grande que era como la más grande de las emociones que había sentido jamás. Porque, ¿puede haber algo más emocionante que darse cuenta de que aquella ilusión de los veinte años, aquella certeza de que el mundo tiene cosas bellísimas que están esperando a que las descubras; que el mundo es bueno y justo porque todo es posible; que el mundo es un tesoro de felicidad al alcance de la mano de cualquiera y que sólo tenemos que estirar el brazo para coger lo que queramos para ser felices; puede haber algo más emocionante que darse cuenta de que esa ilusión ha sobrevivido a todo durante cuarenta y cinco años?

Y es que, como ayer se dio cuenta mi amiguita, aquello no era sólo una ilusión de juventud. Era una forma de vivir, de creerse la vida. Creo yo que lo que más la emocionó fue darse cuenta de lo viva que seguía estando cuarenta y cinco años después. Porque todavía, todavía y a pesar de todos los pesares, sabe que la ilusión es en realidad y muy realmente todo lo real que uno quiere que sea.

Y colorín colorado, la historia por ahora se ha acabado. Pero no puedo terminar sin dejarles un enlace que he encontrado con algunas escenas de aquella películita mágica con esa música tan maravillosa que ayer nos regaló la más bonita de las tardes.

AVANTI!

http://www.youtube.com/watch?v=4bxNwcQ4wmI

 

 

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